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Habitantes de Moebius

El hombre discursivo, enredado en las tres preguntas kantianas: quienes somos, de dónde venimos, adónde vamos, ha fracasado. Su lugar lo ocupa el hombre de acción quien, desde su vehemencia, ha formulado una nueva pregunta: dónde estamos. Ahora se trata de medirlo todo y hacer una cartografía perfecta de la pequeña parcela del universo que nos ha tocado en suerte. Y no hablo sólo de mediciones geográficas, también de las temporales, afectivas, éticas. Nuestro tiempo pasado no puede ser un tiempo perdido, no podemos permitirnos olvidar el sabor de las magdalenas infantiles; es indigno que nuestras vivencias caigan en una caja negra y la obligación del hombre moderno es milimetrar al detalle la existencia, como aquel mapa absoluto que inventó Borges. De nada sirve que todos sepamos que el universo es infinito porque el hombre sigue reivindicándose, colocando banderitas allá donde sus pasos o sus recuerdos le llevan. Todo lo que no puede ser contado, medido o recordado no existe. Y entonces aparece el arte que, como siempre, sigue (y lo seguirá haciendo hasta que no se haga su propia pregunta: ¿y por qué no el arte por el arte?) las pautas discursivas del momento social correspondiente. Estas islas de las que trata Fátima en MOEBIUS son el ejemplo perfecto. (Ah, Moebius, esa cinta de una sola cara, transparente y de fácil orografía, lo opuesto a las dos caras tradicionales de la moneda, o de la luna: una luminosa y feliz, la otra oscura e imprevisible). Islas de nombres salvajes e insoportables condiciones para la vida, residuos de la creación que han quedado esparcidos por los lugares más remotos del planeta que una artista, desde el Estrecho de Gibraltar (el centro del mundo, si de lo que se trata es de ponernos estupendos), se ha preocupado de sacar a la luz, retratar, entintar, grabar y ofrecerles sus cinco minutos de gloria. Fátima nos da la oportunidad de ver las islas por arriba, por abajo, desde el abismo estelar o desde el microscópio, nos sentimos reivindicados como hombres medidores. Somos, en definitiva, un poco mejores como habitantes de Moebius. Lo triste del empeño, la coda metafórica y cínica, la pone en nuestra historia ese clásico personaje de las películas del oeste, un hombre triste vestido con levita y sombrero de alta copa que aparece después de cada duelo a muerte y toma medidas del finado para que la caja de madera no le presione los hombros en su viaje definitivo al indeterminado apeiron, la oscuridad definitiva donde nada es medible.

Federico Fuertes Guzmán (texto para el catálogo Habitantes de Moebius. Sala Rivadavia. Diputación de Cádiz, 2014)